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Los fantasmas del pasado finalmente se han marchado del norte de Londres tras más de dos décadas de dolorosa espera. El Arsenal es el nuevo monarca de Inglaterra, un logro certificado por el tropiezo del Manchester City en la costa sur, que dejó la distancia en la tabla en cuatro puntos definitivos. El domingo ante el Crystal Palace, el Emirates Stadium no dictará sentencia, sino que abrirá sus puertas para una hermosa e idílica coronación que premiará la constancia de un grupo humano extraordinario.

Durante las últimas tres temporadas, este plantel tuvo que soportar la pesada etiqueta de «los que casi lo logran» al quedarse a las puertas de la gloria. Sin embargo, este decimocuarto título liguero, el primero desde los días de los «Invencibles» de Arsène Wenger en 2004, cura todas las heridas del pasado reciente. Mikel Arteta, quien asumió el mando en un momento de transición tras suceder a Unai Emery, ha devuelto al club la grandeza y el respeto que su historia demandaba.

Las calles de la capital británica se tiñeron de rojo con bengalas y cánticos improvisados por miles de aficionados que salieron de los bares para unirse en una fiesta total. En el búnker del club, los jugadores y el cuerpo técnico estallaron en júbilo al escuchar el silbatazo final en Bournemouth, compartiendo el sentimiento de alivio de toda una comunidad. Incluso la política se rindió ante el fútbol, con el mandatario Keir Starmer celebrando en redes sociales el regreso del equipo a su lugar natural.

La clave de la victoria no estuvo en la genialidad esporádica, sino en la feroz cultura de disciplina y fe inquebrantable que el joven entrenador de 44 años inyectó en sus futbolistas. Ni siquiera perder la primera posición en abril logró que el vestuario bajara los brazos ante el asedio del City. Con la Premier en el bolsillo, este Arsenal viaja ahora con el alma inflada hacia Budapest, buscando su primera Champions League ante el PSG para sellar la página más dorada de sus 140 años de existencia.